
En la primera lección de esta guía partimos de una pregunta fundamental: ¿qué quiero contar y por qué quiero hacerlo? Reconocer esa primera dirección es suficiente para comenzar, pero inmediatamente aparece un nuevo desafío. Sabemos que existe una historia, una experiencia o un conocimiento que queremos compartir, pero todavía necesitamos convertir todo aquello que vive en nuestra memoria, nuestras ideas o nuestra imaginación en algo con lo que podamos trabajar.
Es frecuente que una persona pueda hablar durante horas sobre aquello que desea contar y, sin embargo, se quede en blanco cuando abre un documento e intenta escribir “Capítulo 1”. Eso no significa que le falte una historia ni que no tenga capacidad para escribir un libro. Muchas veces significa algo mucho más sencillo: está intentando comenzar por una etapa que todavía no corresponde.
Antes de escribir capítulos, construir una estructura o buscar las palabras definitivas, necesitamos producir materia prima. Esta es una etapa de exploración, de introspección y, en cierta medida, de verborragia. Hay que permitirse recordar, hablar, escribir, buscar, asociar y recuperar detalles sin preguntarse constantemente dónde irá cada cosa.
Podemos imaginar este momento como el trabajo de un pintor que comienza a llenar un lienzo en blanco. Aparecen colores, trazos, capas y pruebas que todavía no forman la composición definitiva. Algunas permanecerán hasta el final y otras desaparecerán debajo de nuevas pinceladas. Pero sin ese primer movimiento sería imposible descubrir la obra.
Con un libro sucede algo parecido: primero necesitamos descubrir qué tenemos para contar; después decidiremos qué hacer con todo ello.
¿Cómo empezar a escribir un libro si tienes muchas ideas y recuerdos?

Una grabación, veinte páginas de recuerdos, una conversación o una carpeta llena de fotografías todavía no son un manuscrito. Son materiales a partir de los cuales ese manuscrito podrá construirse.
La diferencia parece pequeña, pero comprenderla puede cambiar por completo nuestra manera de comenzar. Si pensamos que cada párrafo que escribimos tiene que quedar listo para ser leído, empezamos a corregir demasiado pronto. Si creemos que cada recuerdo tiene que ocupar necesariamente un capítulo, intentamos organizarlo antes de saber siquiera qué otros recuerdos aparecerán. Y si juzgamos inmediatamente todo aquello que producimos, podemos descartar información antes de comprender para qué podría servir.
En esta etapa buscamos exactamente lo contrario: abundancia antes que perfección.
Puede haber repeticiones. Podemos contar dos veces el mismo acontecimiento y descubrir en la segunda ocasión un detalle que no apareció en la primera. Podemos recordar algo de manera incompleta, contradecir una interpretación anterior o desviarnos hacia una experiencia que aparentemente no tiene relación con el tema principal. Nada de eso constituye todavía un problema.
Esto tampoco significa que todo vaya a terminar publicado. Un libro necesita selección y criterio. Más adelante habrá que eliminar, relacionar, profundizar, ordenar y posiblemente reescribir buena parte de lo producido. Pero todavía no estamos tomando esas decisiones.
Por eso conviene establecer una diferencia importante: todo detalle puede ser valioso para explorar, aunque no todo detalle sea valioso para publicar.
Una fotografía puede hacernos recordar el olor de una casa. Ese olor puede llevarnos hacia una persona. Esa persona puede devolvernos una conversación y, detrás de esa conversación, quizá aparezca finalmente un acontecimiento fundamental para comprender la historia. Si hubiéramos descartado el primer recuerdo por considerarlo insignificante, nunca habríamos llegado hasta allí.
Hay otra libertad importante en esta etapa: nadie tiene que leer todo lo que estamos produciendo.
Podemos escribir algo que después decidamos borrar. Podemos grabar un recuerdo íntimo únicamente porque necesitamos reconstruir determinado momento. Podemos registrar nombres, emociones, dudas, contradicciones o interpretaciones que jamás aparecerán en la obra publicada. Este material es un espacio de trabajo, no un compromiso con el futuro lector.
Separar ambos momentos ayuda a disminuir la autocensura. Ya llegará el tiempo de preguntarnos qué queremos hacer público, qué necesita ser contado y qué preferimos conservar en nuestra intimidad. Ahora estamos intentando comprender mejor el territorio que queremos recorrer.
¿Cómo sacar una historia de tu cabeza y empezar a escribirla?

Existe una imagen muy instalada de lo que significa escribir un libro: una persona sentada frente a una computadora o una hoja en blanco, produciendo páginas una detrás de otra. Es una posibilidad, pero no es la única.
Algunas personas piensan mientras escriben. Para ellas, la escritura libre puede ser un excelente comienzo: tomar una escena, una pregunta o un recuerdo y escribir durante un tiempo sin detenerse constantemente a corregir. Una idea conduce a otra y, poco a poco, comienzan a aparecer relaciones que antes no eran evidentes.
Otras personas descubren lo que quieren decir mientras hablan. Pueden explicar una experiencia con enorme claridad durante una conversación y perder esa naturalidad cuando intentan trasladarla directamente al papel. En esos casos, un teléfono puede convertirse en una herramienta suficiente para comenzar. Un audio permite narrar un recuerdo, explicar un conocimiento profesional, reconstruir una etapa o simplemente responder una pregunta y continuar otro día.
También podemos necesitar que alguien pregunte. Cuando conocemos demasiado bien nuestra propia historia, tendemos a dar muchas cosas por supuestas. Mencionamos a una persona sin explicar quién era, saltamos varios años porque para nosotros la relación entre dos acontecimientos resulta evidente o decimos “después pasó todo aquello” sin advertir que justamente allí puede esconderse una parte fundamental del relato. Una entrevista puede ayudarnos a detenernos: ¿qué ocurrió antes?, ¿quién estaba allí?, ¿por qué tomaste esa decisión?, ¿qué cambió después?, ¿cómo entendías entonces lo que estaba ocurriendo?
Los recuerdos tampoco aparecen solamente mediante palabras. Fotografías, cartas, mensajes, diarios, documentos, objetos y archivos personales pueden funcionar como puertas de entrada. Una fotografía puede aportar una fecha, pero también devolvernos la atmósfera de una época. Una carta puede recordarnos qué pensábamos entonces y permitirnos comparar esa mirada con lo que comprendemos hoy.
No existe, por lo tanto, una manera más legítima o más “literaria” de comenzar. Podemos escribir, hablar, responder preguntas, observar fotografías o combinar todos esos métodos. La mejor herramienta inicial es aquella que nos permite recordar y expresarnos con mayor profundidad y continuidad.
¿Se puede escribir un libro a partir de audios y conversaciones?

En Editorial Somos Freelancers vivimos una experiencia que nos ayudó a comprender con mucha claridad este proceso durante el trabajo con Ana María Hernández Deras y su libro Bajo el manto del silencio y el susurro de tu voz.
Ana María no comenzó escribiendo capítulos. Llegó con una necesidad mucho más elemental y profunda: quería contar experiencias de su vida.
En lugar de exigirle desde el principio un índice definitivo o pedirle que transformara sus recuerdos en una narración convencional, encontramos una forma que le permitiera hacer aquello que sí podía hacer: hablar. A su propio ritmo y sin la presión de producir páginas terminadas, comenzó a enviarnos audios de WhatsApp.
Y siguió hablando.
Con el tiempo llegamos a reunir alrededor de cuarenta horas de grabaciones. Allí aparecían experiencias vinculadas con la violencia familiar, pero también su extensa trayectoria como misionera, lugares, personas, encuentros, decisiones y diferentes momentos de una vida que comenzaban a emerger a medida que ella los recorría.
Aquellas cuarenta horas no eran cuarenta horas de “libro”. Había repeticiones, desvíos, recuerdos que necesitaban contexto y acontecimientos que aparecían según las asociaciones de Ana María. Pero contenían algo mucho más importante para esa etapa: su historia había comenzado a salir de su memoria y ya existía como material que podíamos escuchar, revisar y trabajar.
El proceso también fue profundamente introspectivo. Volver sobre una vida implica observar acontecimientos desde el presente, descubrir conexiones que quizá no habíamos formulado y encontrarnos nuevamente con experiencias difíciles. Ana María vivió ese recorrido como un proceso sanador y, cuando finalmente pudo ver su historia convertida en libro, sintió también que había conseguido cerrar una etapa de su vida.
Su experiencia no significa que escribir o narrar produzca el mismo efecto en todas las personas. Algunas historias pueden generar alivio; otras pueden despertar emociones difíciles y necesitar otro ritmo. El autor siempre conserva el derecho de detenerse, dejar algo fuera o decidir hasta dónde quiere profundizar.
Lo que sí aprendimos de aquel proceso es algo aplicable a muchos proyectos: hay personas que antes de necesitar escribir necesitan encontrar un espacio en el que puedan contar.
¿Qué hacer con los audios, notas, recuerdos y documentos de tu libro?

Producir libremente no significa abandonar por completo cualquier criterio práctico. Si comenzamos a grabar audios, por ejemplo, basta con identificarlos con una fecha y unas pocas palabras que permitan reconocer su contenido. Lo mismo puede hacerse con fotografías, documentos o textos. No estamos construyendo todavía el índice del libro; simplemente estamos evitando que la abundancia se convierta en un caos imposible de revisar.
Cuando trabajamos con grabaciones, la transcripción puede ser especialmente útil. Convertir la voz en texto permite buscar nombres, comparar diferentes momentos, encontrar temas recurrentes y observar vacíos que quizá no advertimos mientras hablábamos. Pero una transcripción tampoco es un manuscrito: conserva repeticiones, interrupciones, cambios de tema y características propias de la oralidad que posteriormente necesitarán trabajo editorial.
Las herramientas de inteligencia artificial también pueden colaborar en esta instancia. Pueden facilitar una transcripción, ayudar a revisar grandes cantidades de notas, identificar temas que aparecen varias veces o proponer preguntas para continuar explorando. Su función debería ser ayudarnos a procesar el material, no decidir qué significa nuestra historia.
En proyectos autobiográficos, familiares o testimoniales hay además una consideración especialmente importante: la privacidad. Antes de cargar audios, documentos o información sensible en cualquier herramienta digital, debemos conocer qué ocurrirá con esos datos y considerar que nuestra historia puede contener también información sobre otras personas.
Y no necesariamente tenemos que realizar todo este recorrido solos. Una entrevista, un acompañamiento editorial o un trabajo de escritura sustituta —también conocido como ghostwriting— pueden ayudar cuando existe una historia clara pero resulta difícil convertirla en material escrito. También son posibles los procesos mixtos: escribir algunas partes, contar otras mediante audios, aportar documentos y trabajar determinados momentos mediante entrevistas.
Recibir ayuda profesional no elimina la autoría. La experiencia, las ideas, la perspectiva y las decisiones sobre la obra siguen perteneciendo al autor. El acompañamiento proporciona herramientas para conseguir que aquello que desea contar pueda adquirir una forma.
¿Cómo empezar a reunir material para escribir tu libro?
Durante los próximos siete días, prueba algo diferente: no intentes escribir tu libro.
Elige el medio que te resulte más natural —escritura, audios, conversaciones, fotografías o documentos— y dedica entre diez y quince minutos diarios a explorar tu proyecto. No necesitas hacerlo siempre de la misma manera ni responder todas las preguntas. Puedes utilizarlas simplemente como disparadores:
- ¿Cuál es la primera escena, imagen o idea que asocio con esta historia?
- ¿Qué momento considero especialmente importante?
- ¿Qué persona necesito recordar para comprender mejor lo ocurrido?
- ¿Qué detalle había olvidado?
- ¿Qué parte me resulta más difícil contar?
- ¿Hay alguna fotografía, carta, documento u objeto que pueda ayudarme a recordar?
- ¿Qué apareció durante estos días que no esperaba encontrar?

Cuando termine la semana, no intentes convertir inmediatamente el resultado en capítulos. Revisa lo producido y observa otra cosa: qué temas aparecieron varias veces, qué recuerdos condujeron hacia otros, qué preguntas surgieron y, especialmente, qué manera de trabajar te permitió expresarte con mayor libertad.
El objetivo no es tener un manuscrito siete días después. Es empezar a llenar el lienzo.
Al finalizar esta etapa quizá tengas audios, páginas desordenadas, fotografías, conversaciones, documentos y recuerdos que todavía no sabes dónde colocar. Eso significa que apareció un problema nuevo, pero también que avanzaste: la historia ya no depende únicamente de aquello que puedas conservar en tu cabeza.
En la primera lección descubrimos qué queríamos contar. En esta comenzamos a sacarlo, recordarlo y registrarlo. El próximo desafío será diferente: cuando tenemos mucho material frente a nosotros, necesitamos descubrir qué pertenece realmente al libro, qué puede quedar fuera y cuál es el hilo capaz de unir todo aquello que hemos encontrado.
Primero llenamos el lienzo. Después podremos comenzar a descubrir la obra.



